Hay una manera para entrar al reino de Dios.

El corazón humano siempre encuentra la manera de burlar una regla sin dejar de aparentar que la cumple. Basta pensar en quien frena justo al pasar junto a una cámara de velocidad y acelera de nuevo unos metros después, o en el niño a quien le prohíben abrir el refrigerador y sigue abriéndolo de todos modos. Esa misma inclinación puede acercarse a los mandamientos de Dios: cumplir lo necesario para salir bien librado, sin que el corazón se someta de verdad.

En , Jesús confronta esa actitud mediante dos escenas: una pregunta hostil de los fariseos sobre el divorcio y la llegada de niños a quienes los discípulos intentan apartar. Hay una manera para entrar al reino de Dios, y este pasaje contrasta un corazón endurecido que tuerce la ley para su conveniencia con un corazón como de niño que la recibe con humildad.

Un corazón endurecido no puede entrar al reino de Dios

Jesús llega a la región de Judea, al otro lado del Jordán, y las multitudes se reúnen de nuevo junto a él. Como acostumbraba, les enseña. Ahí se acercan los fariseos con una pregunta: ¿es lícito que un hombre se divorcie de su esposa? Marcos aclara su verdadera intención: buscaban ponerlo a prueba, no conocer la voluntad de Dios.

El tema no parece elegido al azar. Pudo haber sido un intento de exhibir a Jesús como un maestro incapaz de responder, o de enredarlo con el liderazgo de la región. Herodes gobernaba esa zona, y Juan el Bautista había señalado como ilícita su relación con la esposa de su hermano; esa denuncia le costó la vida. Preguntarle a Jesús sobre el divorcio podía ser una manera de empujarlo hacia el mismo destino.

Jesús no cae en la trampa. Responde con otra pregunta: ¿qué les mandó Moisés? Los fariseos citan la carta de divorcio de , pero su manera de acercarse a la ley revela el problema de fondo: preguntan qué les está permitido hacer, sin interesarse en las personas afectadas por esa decisión. Defienden sus derechos como esposos, sin pensar siquiera en sus esposas o en sus hijos.

Aquella legislación no promovía el divorcio; lo contenía. En ese tiempo, un hombre podía dejar a su esposa por cualquier pretexto, dejándola desprotegida y con una reputación dañada. La carta de divorcio le permitía volver a casarse con libertad, y además prohibía que su primer esposo la recuperara después. Moisés no estaba facilitando el divorcio: estaba impidiendo que se usara como una amenaza constante dentro del matrimonio.

Jesús explica que esa disposición respondía a la dureza del corazón humano, no al plan original de Dios. Por eso regresa a Génesis 2:24: el hombre deja a su padre y a su madre, se une a su esposa, y los dos llegan a ser una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe. (, NBLA) El matrimonio no es un contrato desechable; es una unión establecida por Dios mismo.

Esa unión también señala algo más grande. Pablo retoma el mismo pasaje de Génesis en y explica que ese gran misterio habla de Cristo y su iglesia. El amor sacrificial de Jesús y su fidelidad hacia su pueblo le dan sentido último al matrimonio. Cada boda apunta hacia una unión mayor, y el divorcio daña esa imagen de fidelidad que Dios quiso mostrar al mundo.

Cuando los discípulos vuelven a preguntar en privado, Jesús es claro: quien se divorcia de esta manera y se casa con otra persona comete adulterio contra su primer cónyuge. La respuesta alcanza tanto al hombre como a la mujer. Conviene recordar que esta enseñanza surge de una pregunta hostil, y no agota todo lo que la Biblia dice sobre el tema: otros pasajes contemplan el adulterio o el abandono como causas legítimas de divorcio, sin nunca animar a buscarlo. En el fondo, toda ruptura matrimonial nace de un corazón endurecido, ya sea el que no quiere arrepentirse o el que no puede perdonar.

Examina cómo te acercas a los mandamientos de Jesús

La pregunta alcanza a cualquier lector: ¿buscas la voluntad de Dios o permiso para salirte con la tuya? Acercarte a la Palabra viendo hasta dónde puedes llegar sin pecar, o usando la gracia como excusa para seguir haciendo lo que quieres, revela un corazón que todavía resiste a Dios. Un corazón tierno, en cambio, recibe la corrección de Dios y busca obedecer, aunque eso le cueste.

Una visión del matrimonio que señala al evangelio

El matrimonio fue instituido por Dios para su gloria, y esa visión importa tanto a quien está casado como a quien no lo está. Para los casados, implica dejar de usar la amenaza del divorcio en los momentos de fricción: frases como "no sé por qué me casé contigo" dañan la fidelidad que el matrimonio está llamado a representar. Dos pecadores que se unen tendrán roces; esos mismos roces también revelan cuánto necesitan parecerse a Cristo. Buscar ayuda en la iglesia, en matrimonios maduros y en los pastores es parte de luchar por esa unidad, en lugar de dejarla a la deriva por pasividad. Y a quienes ya han atravesado un divorcio, la iglesia debe acompañarlos con la misma gracia del evangelio: estar casado no hace a nadie mejor que quien está divorciado, porque el poder restaurador de Cristo alcanza a cualquier corazón.

Un corazón como niño puede entrar al reino de Dios

La siguiente escena continúa la misma enseñanza, aunque cambie el tema. Algunas personas llevan niños a Jesús para que los toque, pero los discípulos las reprenden. Jesús se indigna y responde: Dejen que los niños vengan a mí, no se lo impidan, porque de los que son como estos es el reino de Dios. (, NBLA) Y añade algo todavía más exigente: En verdad les digo que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él. (, NBLA) Después los toma en los brazos y los bendice.

La escena resulta irónica. Apenas un capítulo antes, Jesús había enseñado que recibir a un niño en su nombre era recibirlo a él y al Padre que lo envió. Aun así, los discípulos siguen tratando a los niños como una interrupción. Su actitud se parece más de lo que quisieran reconocer a la de los fariseos: unos defendían sus derechos como esposos sin pensar en sus esposas; los otros decidían quién merecía acercarse a Jesús sin pensar en los más vulnerables. Ambos corazones, de maneras distintas, terminan apartando a los débiles.

Jesús usa la imagen del niño porque describe exactamente lo contrario a esa actitud. En ese tiempo, un niño no tenía estatus ni capacidad de devolver favores; dependía por completo de otros para ser recibido y cuidado. Así entra alguien al reino de Dios: reconociendo que no tiene nada que ofrecer, sino que necesita ser recibido. lo expresa de otra manera: bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Aprende a recibir el reino como un niño

Es fácil pensar que el valor de una persona depende de su posición, ya sea en el trabajo o incluso en el servicio a la iglesia. Esa misma tentación llevó a los discípulos a discutir quién de ellos era el mayor y a mirar con sospecha a quien parecía estar subiendo. Jesús invita a lo contrario: un corazón humilde y dependiente, que no reclama derechos ni exige un lugar, sino que se acerca reconociendo su necesidad. Ese es el corazón que acepta también la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio, porque ya no busca imponer su voluntad, sino someterse a la de Dios.

Conclusión

Hay una manera para entrar al reino de Dios. No es con un corazón que busca atajos para los mandamientos, sino con un corazón que los recibe con humildad, como un niño que depende de alguien más. Esa misma actitud se expresa tanto en la manera de recibir la Palabra de Dios como en el trato hacia los más vulnerables.

Jesús entregó su vida por pecadores y resucitó al tercer día para poder transformar corazones que no pueden cambiar por sí mismos. Acércate a él reconociendo tu necesidad, como un niño, confiando en que él te recibe. Y si alguna vez dudas de su fidelidad, recuerda que él es el esposo que nunca abandona a su iglesia: su compromiso sostiene la esperanza de una unión eterna con el Rey que la ama.