Jesús tiene autoridad sobre la naturaleza, el reino espiritual, la enfermedad y la muerte: cree en Él.

En el evangelista reúne cuatro escenas que a primera vista podrían leerse como episodios sueltos del ministerio de Jesús: una tempestad calmada, un hombre poseído por una legión de demonios, una mujer enferma durante doce años y una niña que muere. Pero Marcos las entrelaza deliberadamente para responder una sola pregunta, la misma que se hacían sus primeros lectores, cristianos perseguidos en Roma que habían puesto su confianza en Cristo: ¿es Jesús quien dice ser? ¿Es realmente el Mesías, el ungido, el Hijo del Dios Altísimo? Si la respuesta es sí, entonces es congruente que gobierne sobre todo: la naturaleza, el mundo espiritual, la enfermedad y la misma muerte. Y si eso es cierto, tiene consecuencias no solo para la historia de la humanidad, sino para la vida de cualquiera que ponga su fe en él.

Cree en Jesús porque Él gobierna la naturaleza

Jesús termina de enseñar en parábolas a la multitud y pide a sus discípulos cruzar al otro lado del mar. En el trayecto se levanta, dice el texto, no una tempestad cualquiera sino una violenta tempestad, una tormenta que rebasaba la experiencia de pescadores curtidos como Simón, Andrés, Jacobo y Juan. Mientras las olas llenan la barca de agua, Jesús duerme en la popa sobre una almohadilla. Los discípulos, aterrados, lo despiertan con un reclamo: "Maestro, ¿no te importa que perezcamos?"

La escena recuerda a la historia de Jonás, quien también dormía profundamente en medio de una tempestad mientras el capitán del barco le exigía despertar e invocar a su Dios. La diferencia es que Jonás era un profeta que huía de Dios, mientras que Jesús, siendo el Hijo del Dios Altísimo, no necesita invocar a nadie: habla como Dios. Cálmate, sosiégate. () Y el viento cesa al instante, sobreviniendo una gran calma. Si Jesús fuera un impostor, la historia habría terminado ahí, en el fondo del mar. Pero lo que sucede cuando da esa orden es evidencia de quién es.

Entonces Jesús pregunta a los discípulos por qué tienen miedo y por qué les falta fe, no fe en general, sino fe en quién es él. Ellos ya habían sido testigos de su enseñanza con autoridad, de cómo expulsaba demonios y sanaba enfermos, y aun así dudaban de que su historia pudiera detenerse por un viento y un mar. Los discípulos temen, pero a diferencia de los marineros de Jonás, que temieron a Dios y le ofrecieron sacrificios, ellos solo se preguntan entre sí: ¿Quién pues es este, que aun el viento y el mar le obedecen? (). Nadie puede ordenarle a una tormenta que se detenga y ver que obedece; ningún meteorólogo ni ninguna autoridad humana tiene ese poder. Pero aquí hay uno que sí lo tiene, porque gobierna toda la naturaleza. Este texto se ha aplicado también a las tormentas de la vida —el desempleo, la injusticia, la necesidad, el luto y el dolor— para invitar a levantar la mirada a quien gobierna el universo y poner en él la confianza, sin dejar que el temor impida creer.

Cree en Jesús porque Él gobierna el reino espiritual

Apenas Jesús pone un pie en tierra de los gadarenos, se le acerca un hombre poseído por un espíritu inmundo que vivía entre los sepulcros. Marcos lo describe con dos negaciones rotundas: nadie podía atarlo, ni siquiera con cadenas, y nadie era tan fuerte como para dominarlo. De día y de noche andaba gritando y lastimándose con piedras. No era un espíritu cualquiera, sino una legión, muchos espíritus reunidos en un solo hombre indomable.

Si Jesús fuera solo un maestro, este hombre lo habría destrozado a él y a sus discípulos, o Jesús habría preferido evitar el sepulcro. Pero el mismo espíritu reconoce su identidad y grita: ¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? (). Los demonios ruegan con insistencia, conscientes de que no tienen otra opción más que obedecer, y piden entrar en una manada de cerdos que se precipita al mar. El hombre que nadie podía dominar queda sentado, vestido y en su cabal juicio. El indomable ha sido domado.

La reacción de los habitantes de la región es temer y rogarle a Jesús que se retire, en un eco de la misma palabra que antes usaron los demonios: rogar, rogar, rogar. El hombre liberado, en cambio, ruega quedarse con Jesús, pero recibe una instrucción distinta: volver a su casa y contar cuán grandes cosas el Señor ha hecho por él. Si miles de demonios obedecieron la orden de Jesús, con mayor razón lo hace este hombre, que comienza a proclamar en toda la región lo que Dios había hecho. Jesús no tiene una contraparte que le haga frente en el mundo espiritual; el reino de las tinieblas está bajo su autoridad, y aun el mismo diablo le está sometido.

Cree en Jesús porque Él tiene poder sobre la enfermedad

De regreso al otro lado, una gran multitud rodea a Jesús cuando se acerca Jairo, un oficial de la sinagoga, y se postra rogándole que vaya a sanar a su hija, que está al borde de la muerte. Jairo cree que Jesús tiene poder para sanarla mientras siga con vida, y por eso urge: apenas hay tiempo. En el camino, una mujer que llevaba doce años padeciendo flujo de sangre, había gastado todo en médicos sin ningún resultado y solo había empeorado, se abre paso entre la multitud pensando que basta con tocar el manto de Jesús para quedar sana. Al tocarlo, la fuente de su sangre se seca al instante.

Jesús se detiene a pesar de la urgencia de Jairo, porque percibe que ha salido poder de él, algo que no ocurre con ningún otro ser humano. La mujer, temblando, se postra y cuenta toda la verdad, y Jesús le responde: Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz y queda sana de tu aflicción. (). Si Jesús fuera un maestro cualquiera, esta mujer habría seguido buscando ayuda en los médicos sin encontrarla; pero este hombre tiene poder para sanar toda clase de enfermedad, como ya lo había mostrado antes con la suegra de Pedro, el paralítico y el hombre de la mano seca.

Esto no significa que Dios prometa sanar toda enfermedad de su pueblo. Si lo hiciera, quienes han puesto su fe en él y han enfermado seguirían con vida. La oración por sanidad es legítima y se presenta confiando en la buena voluntad de Dios, pero la fe cristiana no descansa en que Dios sane cada cuerpo, sino en que cumplirá su promesa de glorificar y hacer perfectos esos cuerpos caídos en la resurrección. La petición se presenta, se cree que Dios puede obrar de manera milagrosa, y a la vez se abraza la prueba sabiendo que Dios la usa para formar en su pueblo la imagen de su Hijo.

Cree en Jesús porque Él tiene poder sobre la muerte

Mientras Jesús todavía habla con la mujer sanada, llegan mensajeros de la casa de Jairo con la peor noticia posible: su hija ha muerto, así que ya no tiene caso molestar al maestro. La muerte no es parte del diseño original: el ser humano fue creado a imagen de Dios para vivir en una relación eterna con su creador, pero el pecado trajo la muerte como su consecuencia. La escena recuerda a Marta y María, que también sabían que Jesús podía sanar a los enfermos y le reclamaron: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto." La conclusión de todos parecía obvia: Jesús puede sanar, pero nadie tiene poder sobre la muerte. Lo hecho, hecho está.

Pero Jesús responde a la noticia con una instrucción: No temas, cree solamente. (). Es la misma exhortación que antes dirigió a sus discípulos en la tempestad. Entra a la casa en medio del alboroto y el llanto, aparta a quienes se burlan de él por decir que la niña solo duerme, y toma de la mano a la niña de doce años: Niña, a ti te digo, levántate. (). Al instante ella se levanta y camina, y todos quedan atónitos, porque nadie —ni los mensajeros, ni los padres, ni quienes lloraban— esperaba que ese poder pudiera obrar así.

Este mismo Jesús que resucita a una niña anunciaría después su propia muerte y resurrección al tercer día, tal como sucedió. La muerte eterna que antes reinaba por causa del pecado ha sido vencida, y nadie más tenía poder para revertir ese destino de condenación. Cuando el Espíritu Santo hace consciente a alguien de su pecado, también le regala el arrepentimiento y la fe para poner su confianza en Cristo, cambiando la muerte eterna por vida eterna.

Conclusión

Las cuatro escenas de este pasaje —la tempestad, la legión, la enfermedad incurable y la muerte— comparten un mismo patrón: ante cada situación que ningún ser humano podría controlar, hay uno que sí tiene poder, y ese poder alcanza absolutamente todo. La pregunta que se hicieron los discípulos —¿quién pues es este?— es la misma que cada lector debe responder, y no solo una vez, sino continuamente. Reconocer que este hombre tiene autoridad sobre la naturaleza, sobre los demonios, sobre toda enfermedad y sobre la muerte es reconocer que él es el Hijo del Dios Altísimo, y que solo en él hay salvación y vida eterna. La invitación no cambia con las circunstancias: no temer, y creer en Jesús cada día, sin dejar que el temor cierre la puerta a la fe.

Transcripción completa

Te voy a invitar a abrir tu Biblia. Vamos a continuar con la serie del Evangelio de Marcos. Hoy vamos a leer un texto extenso, así que te pido que seas paciente y que me sigas con la lectura. Te pido que veamos este texto de una manera aérea, desde arriba, pero también que empecemos a encontrar ciertas dinámicas, ciertas repeticiones que vamos a ver, porque vamos a leer del capítulo 4, verso 35, a todo el capítulo 5, es decir, hasta el final del capítulo 5. Así que empezamos con 4:35 y nos vamos a ir hasta el final del capítulo 5. Esta es la palabra de Dios, Marcos 4:35. Ese mismo día, caída ya la tarde, Jesús les dijo: pasemos al otro lado. Despidiendo a la multitud, lo llevaron con ellos en la barca, como estaba. Y había otras barcas con él. Pero se levantó una violenta tempestad, y las olas se lanzaban sobre la barca, de manera que ya la barca se llenaba de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre una almohadilla. Entonces lo despertaron y le dijeron: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Jesús se levantó, reprendió al viento y dijo al mar: cálmate, sosiégate. Y el viento cesó y sobrevino una gran calma. Entonces les dijo: ¿Por qué están atemorizados? ¿Cómo no tienen fe? Y se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: ¿Quién pues es este, que aun el viento y el mar le obedecen? Llegaron al otro lado del mar, a la tierra de los gadarenos. Cuando Jesús salió de la barca, enseguida se acercó a él, de entre los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, que tenía su morada entre los sepulcros, y nadie podía ya atarlo ni aun con cadenas, porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie era tan fuerte como para dominarlo. Siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y en los montes dando gritos e hiriéndose con piedras. Cuando vio a Jesús de lejos, corrió y se postró delante de él, y gritando a gran voz dijo: ¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te imploro por Dios que no me atormentes. Porque Jesús le decía: Sal del hombre, espíritu inmundo. ¿Cómo te llamas?, le preguntó Jesús. Me llamo Legión, respondió, porque somos muchos. Le rogaba entonces con insistencia que no los enviara fuera de la tierra. Había ahí una gran manada de cerdos paciendo junto al monte, y los demonios le rogaron diciendo: envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos. Jesús les dio permiso, y saliendo los espíritus inmundos, entraron en los cerdos, y la manada, unos dos mil, se precipitó por un despeñadero al mar, y en el mar se ahogaron. Los que cuidaban los cerdos huyeron y lo contaron en la ciudad y por los campos, y la gente vino a ver qué era lo que había sucedido. Vinieron a Jesús y vieron al que había estado endemoniado, sentado, vestido y en su cabal juicio, el mismo que había tenido la legión, y tuvieron miedo. Los que lo habían visto les describieron cómo le había sucedido esto al endemoniado, y lo de los cerdos, y comenzaron a rogar a Jesús que se fuera de la región. Al entrar él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que lo dejara ir con él, pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho por ti, y cómo tuvo misericordia de ti. Y él se fue y empezó a proclamar en Decápolis cuán grandes cosas Jesús había hecho por él, y todos se quedaban maravillados. Cuando Jesús pasó otra vez en la barca al otro lado, se reunió una gran multitud alrededor de él, así que él se quedó junto al mar. Vino uno de los oficiales de la sinagoga, llamado Jairo, y al ver a Jesús se postró a sus pies y le rogaba con insistencia: Mi hijita está al borde de la muerte; te ruego que vengas y pongas tus manos sobre ella para que sane y viva. Jesús fue con él, y una gran multitud lo seguía y lo oprimía. Había una mujer que padecía de flujo de sangre por doce años; había sufrido mucho a manos de muchos médicos y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, sino que, al contrario, había empeorado. Cuando ella oyó hablar de Jesús, se llegó a él por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque decía: si tan solo toco sus ropas, sanaré. Al instante la fuente de su sangre se secó, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su aflicción. Enseguida Jesús, dándose cuenta de que había salido poder de él, volviéndose entre la gente, dijo: ¿Quién ha tocado mi ropa? Y sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te oprime, ¿y preguntas quién me ha tocado? Pero él miraba a su alrededor para ver a la mujer que lo había tocado. Entonces la mujer, temerosa y temblando, dándose cuenta de lo que había sucedido, vino y se postró delante de él y le dijo toda la verdad. Hija, tu fe te ha sanado, le dijo Jesús; vete en paz y queda sana de tu aflicción. Mientras él estaba todavía hablando, vinieron unos enviados de la casa del oficial de la sinagoga diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas aún al Maestro? Pero Jesús, oyendo lo que se hablaba, dijo al oficial de la sinagoga: No temas, cree solamente. Y no permitió que nadie fuera con él sino solo Pedro, Jacobo, y Juan, hermano de Jacobo. Fueron a la casa del oficial de la sinagoga, y Jesús vio el alboroto y a los que lloraban y se lamentaban mucho. Jesús entró y les dijo: ¿Por qué hacen alboroto y lloran? La niña no ha muerto, sino que está dormida. Y se burlaban de él. Pero, echando fuera a todos, Jesús tomó consigo al padre y a la madre de la niña y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. Tomando a la niña por la mano, le dijo: Talita cum, que traducido significa: Niña, a ti te digo, levántate. Al instante la niña se levantó y comenzó a caminar, pues tenía doce años, y al momento todos se quedaron completamente atónitos. Entonces les dio órdenes estrictas de que nadie se enterara de esto, y dijo que le dieran de comer a la niña. Padre, venimos ante tu palabra. Permítenos ser transformados por ella. Anímanos, consuélanos, trae convicción a nuestro corazón y guíanos al arrepentimiento. Te lo pedimos en el nombre de tu Hijo Jesús. Amén. ¿Es Jesús quien él dice ser? ¿Es Jesús verdaderamente el Mesías, el ungido, el Cristo? ¿Es Jesús el Hijo del Dios Altísimo realmente? Recordemos que Marcos está escribiendo este texto para proclamar el evangelio de Jesucristo, el Mesías, el Hijo de Dios. Y si Jesús es quien Marcos dice que es, si Jesús es quien estamos leyendo que es, esto tiene repercusiones eternas en la historia de la humanidad. Pero no solo tiene repercusiones eternas en la historia de la humanidad, tiene repercusiones en nuestras vidas personales. Hemos leído cómo Marcos utiliza cuatro acontecimientos del ministerio de Jesús para recordarles a sus lectores originales —los cristianos que estaban en Roma siendo perseguidos, cristianos que habían puesto su fe y su confianza en Cristo— que este hombre no es cualquier hombre, que fue enviado por Dios, respaldado por él, con la unción de Dios para inaugurar un reino celestial. Marcos también nos recordará a nosotros en quién hemos puesto nuestra fe y nuestra confianza. Nos recordará que este hombre que tiene poder, tiene autoridad y tiene soberanía. Nos recordará quién es Jesús. En este texto hemos visto cuatro acontecimientos o cuatro historias. Primero tenemos a Jesús trasladándose en la barca, interactuando con las fuerzas de la naturaleza. Luego lo vemos interactuando con las fuerzas espirituales, con esta legión de demonios, para después regresar en la barca al lugar de donde había salido y verlo sanar a una mujer con una enfermedad que parecía incurable, para luego verlo levantar de la muerte a la hija del principal de la sinagoga. Marcos desea que sus lectores puedan ver a Jesús, pero no solo a Jesús, sino su gobierno y su autoridad en estas circunstancias. Si Jesús es quien dice ser, entonces es congruente que sea soberano y gobierne sobre todo. Si Jesús fuera un farsante, estas situaciones habrían sido muy difíciles para él. Pero vemos que para cada situación incontrolable —para la tempestad violenta, para la legión indomable, para la enfermedad incurable y para la misma muerte— hay uno que sí tiene poder, poder sobre todo, y por eso te quiero animar con este texto a creer en Jesús. Suena sencillo el argumento, pero pon tu fe y sigue poniendo tu fe y tu confianza en Jesús, y no dejes que el temor o las circunstancias te eviten poner tu fe en él. Así que en la primera sección, del verso 35 del capítulo 4 al 41, quiero animarte a creer en Jesús porque él gobierna la naturaleza. Jesús ha dejado de enseñar en parábolas a la multitud y les pide a sus discípulos cruzar al otro lado. En el trayecto de la barca, dice el texto, se levanta no una tempestad, sino una violenta tempestad, una tormenta que rebasaba las capacidades de marineros experimentados, porque al menos Simón, Andrés, Jacobo y Juan eran pescadores y sabrían qué hacer en estas circunstancias. Pero ¿qué hicieron los discípulos? Se atemorizaron al grado de pensar que perecerían: ¿no te importa que perezcamos?, le dicen a Jesús, como en un reclamo, porque ¿qué está haciendo Jesús? Durmiendo, y no solo durmiendo, sino con su almohadilla ahí. La escena recuerda a la historia de Jonás, donde también hay una gran tempestad y el profeta está durmiendo profundamente, y el capitán del barco le dice: ¿cómo es que estás durmiendo? Levántate, invoca a tu Dios, quizá tu Dios piense en nosotros y no perezcamos (Jonás 1:6). Se puede escuchar la misma desesperación en la pregunta de los discípulos que en la del capitán del barco de Jonás. La diferencia entre Jonás, el profeta dormilón, y Jesús, es que aunque ambos son profetas, Jesús es más que un profeta: aunque podría haberle pedido al Padre que calmara la tempestad, siendo el Hijo de Dios Altísimo tiene autoridad sobre los vientos y los mares. Jesús no invoca a Dios, Jesús habla como Dios: cálmate y sosiégate. Si Jesús fuera un charlatán, aquí terminaría la historia: habría trece cadáveres y una barca en el fondo del mar de Galilea. Pero el viento cesa y sobreviene una gran calma. Entonces llega el momento de las preguntas de Jesús a sus discípulos: ¿por qué están atemorizados?, ¿cómo no tienen fe?, ¿por qué tienen miedo?, ¿acaso no han sido testigos de quién soy yo hasta ahora, de cómo he enseñado con autoridad, cómo he sacado demonios, cómo he sanado enfermos? ¿Creen que la historia del reino de los cielos se va a acabar con los vientos y los mares? El temor de los discípulos era producto de la falta de fe, pero fe en quién era Jesús. Él sabía cuál era su misión y que su historia no sería cortada ni un momento antes de cumplirla. Si regresamos a la historia de Jonás, cuando los marineros lo echaron al mar y este cesó su furia, ellos temieron en gran manera a Dios, le ofrecieron sacrificio e hicieron votos. Los discípulos también temieron, pero su temor no era reverente, sino temor de miedo, porque todavía no entendían quién era Jesús. Los marineros de Jonás adoraron a Dios; los discípulos solo se preguntaron: ¿quién pues es este, que aun el viento y el mar le obedecen? ¿Quién podría decirle a un huracán o a una tormenta eléctrica que se calme y que esta obedeciera? Ningún meteorólogo, ningún mandatario puede. Nadie puede detener las fuerzas de la naturaleza, pero aquí vemos que uno sí pudo y puede. Esta situación no fue un cuento ni una fábula, sino un hecho histórico: los vientos y el mar de Galilea se calmaron cuando un hombre llamado Jesús se lo ordenó. Él gobierna la naturaleza con una autoridad que nadie más tiene, y el que la gobierna es el Hijo de Dios el Altísimo. ¿Estás padeciendo, estás pereciendo? Ahí están las palabras de Jesús: no temas, cree en quien gobierna todo el universo. No vivimos cerca del mar ni nos vamos a subir a una barca, pero este texto se ha aplicado también a que la vida tiene tormentas: desempleo, injusticias, necesidad, luto y dolor. Donde sea que alguien esté, que levante los ojos a quien gobierna el universo y ponga en él su confianza, para que cuando alguien pregunte quién es aquel en quien ha puesto su confianza en medio de un tiempo tan difícil, pueda responder: este es Jesús, quien él dice ser en su palabra, que ante cualquier tempestad incontrolable tiene el control y la autoridad. Cree en Jesús. La barca y sus tripulantes llegaron a su primer destino, la tierra de los gadarenos, y una vez que Marcos ha mostrado la autoridad de Jesús sobre las fuerzas de la naturaleza, ahora desea mostrar su autoridad en el reino espiritual. Entramos a la segunda sección, que he titulado: cree en Jesús porque él gobierna el reino espiritual. No tarda Jesús en poner un pie en la tierra cuando enseguida se le acerca un hombre, pero no cualquier hombre. Marcos lo describe como un hombre con un espíritu inmundo que tenía su morada entre los sepulcros, que nadie podía ya atarlo ni aun con cadenas, tan fuerte que había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie era tan fuerte como para dominarlo. Dos veces se repite la palabra nadie: nadie puede con él, nadie puede atarlo, nadie puede dominarlo. Siempre, noche y día, andaba dando gritos e hiriéndose con piedras. Era un hombre indomable que ni los grillos ni las cadenas podían controlar. La razón de su condición era, primero, un espíritu inmundo, pero no cualquier espíritu inmundo. Jesús ya había tratado con espíritus inmundos antes en el evangelio, en el capítulo 1, y ya los había sacado, pero este no era uno solo, sino muchos, un espíritu montonero. Los espíritus anteriores solo gritaban, pero este era incontrolable. Si Jesús no fuera quien dice ser, si fuera un charlatán o solo un maestro, este hombre lo habría destrozado a él y a sus doce discípulos, o Jesús se habría hecho de la vista gorda y le habría sacado la vuelta al sepulcro. Pero Jesús no es un simple maestro y mucho menos un charlatán: es aquel cuya identidad el mismo espíritu declara, el Hijo del Dios Altísimo, que ha llegado a instaurar el reino de los cielos, un reino que no tiene rival. Los demonios lo reconocen y comienzan a rogar con insistencia, sabiendo que cualquier instrucción que este hombre diera, tenían que obedecerla, que no había opción. Y el que tiene autoridad sobre el reino espiritual les da permiso: los demonios entran en los cerdos, que se precipitan por el despeñadero y se ahogan. Si alguno de los discípulos hubiera estado presente, se habría quedado boquiabierto, preguntándose quién es este que no solo saca un demonio, sino que tiene autoridad para sacar miles. El hombre liberado es descrito de nuevo por Marcos: el que había estado endemoniado, el indomable que no podía ser atado ni con grillos ni con cadenas, el incontrolable, ahora está bajo control, sentado, vestido y en su cabal juicio. Así como los discípulos habían tenido miedo al ver la autoridad de Jesús sobre la naturaleza, ahora el pueblo de los gadarenos también tiene miedo y le ruega que se retire. Hay aquí un juego de la palabra rogar que se repite varias veces: los demonios ruegan, el pueblo ruega, el gadareno liberado ruega quedarse con Jesús, pero él no se lo permite, sino que le da una instrucción: vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho por ti y cómo tuvo misericordia de ti. Si miles de demonios obedecieron a Jesús, el gadareno liberado también obedece, y comienza a proclamar cuán grandes cosas había hecho Dios por él. Este pasaje no busca ofrecer un estudio de demonología, sino animar a creer en Jesús porque él gobierna el reino espiritual. Jesús no solo tuvo autoridad para sacar un demonio; tiene toda la autoridad sobre el reino espiritual. No tiene una contraparte diabólica que le haga frente, porque el diablo no es el contrapeso del reino de Dios, como si Jesús fuera un lado y el diablo el otro lado de una misma balanza, según la filosofía oriental. Jesús tiene al mismo diablo bajo su autoridad; nunca pierde, siempre está en control, y el reino espiritual no puede contra él. Ten fe en este hombre, ten fe en Jesús. La barca y sus tripulantes regresan al otro lado, y con la multitud que vuelve a reunirse aparecen dos historias entrelazadas: la de una niña enferma y la de una mujer enferma. Es momento de ver la autoridad de Jesús sobre toda enfermedad. Esta tercera sección, cree en Jesús porque él tiene poder sobre la enfermedad, se encuentra del verso 21 al 34. Cuando Jesús regresa al otro lado, uno de los oficiales de la sinagoga, llamado Jairo, se postra a sus pies y le ruega con insistencia: mi hijita está al borde de la muerte, te ruego que vengas y pongas tus manos sobre ella para que sane y viva. Jairo tiene fe en que Jesús puede sanar a su hija antes de que muera, y por eso insiste con urgencia: hay que darse prisa, porque antes de que muera su hija, si Jesús llega, puede sanarla. Jesús va con él, y una gran multitud lo sigue y lo oprime. Dentro de esta historia entra la tercera: una mujer que, al igual que Jairo, tenía fe en Jesús. Había padecido flujo de sangre por doce años, sin dejar de sangrar, había buscado ayuda con muchos médicos sin que ninguno pudiera ayudarle, se le había acabado el dinero y, en vez de mejorar, había empeorado. Pero oyó hablar de un hombre que sanaba enfermedades, y se le ocurrió la idea de que si tocaba su manto, sería sana. Esa idea de buscar un pedacito del manto de Jesús todavía persiste en algunos, pero así no funciona: este texto no está para que se busquen mantos que tocar y se espere sanar por ese medio. La mujer se mete entre la multitud, logra tocar el manto de Jesús, y el texto dice que Jesús se da cuenta de que había salido poder de él. Que salga poder de alguien no es normal, ni lógico, ni natural; ningún ser humano diría que de él sale poder para sanar a las personas. ¿Quién tiene esa clase de poder que sana a quien lo toca? Jesús se detiene, aunque iba de camino a la casa de Jairo, para atender a esta mujer que acaba de sanar, casi sin querer queriendo. Si Jesús fuera un charlatán, esta mujer lo habría tocado sin que pasara nada, y su esperanza habría seguido en los médicos; si fuera solo un maestro o un filósofo, esta historia jamás habría sido contada. Pero este Jesús, que caminó entre nosotros hace dos mil años, tiene el poder para sanar todo tipo de enfermedades. Jesús sanó a esa mujer que había padecido por tanto tiempo, y sanó a muchos en su ministerio, comenzando por la suegra de Pedro, luego el paralítico y el hombre de la mano seca. El Hijo del Dios Altísimo tiene poder para sanar a los enfermos; cree en él. ¿Sigue Dios, a través del Espíritu Santo, sanando enfermedades? Sí, lo ha hecho, lo hace y lo seguirá haciendo hasta que Jesús regrese. Pero, ¿promete Jesús sanar toda enfermedad? No. Si lo prometiera, todos los que han puesto su confianza en él y han enfermado seguirían aquí. Dios no promete sanar toda enfermedad de su pueblo, y aun así se ora y se pide sanidad, confiando en su buena voluntad, creyendo que puede obrar de manera milagrosa, pero también abrazando la prueba y el sufrimiento, sabiendo que Dios los usa para formar en su pueblo la imagen de su Hijo. La fe no está solo en lo que Jesús puede hacer, sino en quién es él y en que cumplirá sus promesas: que los cuerpos caídos un día serán glorificados y perfectos cuando resucitemos y vivamos por la eternidad con él. Se presentan las peticiones, se cree que puede obrar milagrosamente, y también se abraza el sufrimiento sabiendo su propósito. La historia regresa a Jairo y su hija para dar paso a la última sección: cree en Jesús porque tiene el poder sobre la muerte. Los enviados de la casa de Jairo llegan con malas noticias. La muerte no es natural: fuimos creados a imagen de Dios para tener una relación viva con nuestro creador para siempre, pero el pecado entró y su consecuencia es la muerte; todo ser humano nace con un cuerpo frágil que tarde o temprano la experimentará. La noticia es que la hija de Jairo ha muerto. Él había llegado desesperado, rogando que Jesús fuera a sanarla mientras siguiera con vida, porque ya había mostrado su poder para sanar enfermos; pero Jesús no llegó a tiempo y la niña murió. Se puede escuchar el eco de Marta y María cuando enviaron llamar a Jesús por su hermano Lázaro, que estaba enfermo, y este murió antes de que Jesús llegara. Cuando Jesús llegó al sepelio, Marta le dijo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto; y María, al verlo, se postró a sus pies y le dijo lo mismo. Así como Jairo, Marta y María sabían que Jesús tenía poder para sanar a los enfermos, pero la noticia ahora es que la hija ha muerto, y ya no hay nada que hacer: este maestro tiene poder para sanar enfermos, pero nadie tiene poder sobre la muerte, lo hecho, hecho está. Si Jesús fuera un charlatán o solo un maestro, el aviso de los enviados habría bastado para que todos concluyeran que él podía sanar, pero que resucitar muertos era algo que nadie podía hacer. Pero si Jesús es quien Marcos muestra que es, tiene poder y autoridad aun sobre la muerte. Al escuchar esto, Jesús anima a Jairo: no temas, cree, la misma instrucción que antes dio a sus discípulos cuando les preguntó dónde estaba su fe. Toma consigo a algunos de sus discípulos y entra donde está la niña; quienes lloraban y se lamentaban ya estaban presentes, porque la muerte duele y no es natural. Jesús entra y, con toda su autoridad, le habla a la niña de doce años: niña, a ti te digo, levántate. Al instante ella se levanta. Si Jesús es quien dice ser, tenía que suceder lo que se esperaba: la niña se levantó, porque Jesús no solo tiene poder sobre la enfermedad, sino sobre la muerte. Nadie esperaba esto, ni los enviados, ni los padres, ni quienes lloraban; nadie había visto antes este poder obrando en alguien. Pero Jesús no es solo un profeta, ni solo un maestro, ni solo un filósofo: es el Hijo del Dios Altísimo. Cree en él, porque tiene poder sobre la muerte. Él no solo resucitó a esta niña, sino que también predijo que él mismo resucitaría al tercer día. Después de entregar su cuerpo en la cruz para pagar por los pecados, Jesús murió y al tercer día resucitó. Más adelante en este evangelio se verá cómo avisa a sus discípulos que el Hijo del Hombre será entregado, maltratado y muerto, pero que al tercer día resucitará, y la reacción de ellos será de duda, hasta llegar al glorioso final en que el ángel declara: no está aquí, ha resucitado. No temas, cree en Jesús. La muerte eterna que reinaba en los corazones por causa del pecado, Jesús la ha vencido; nadie más tenía poder para revertir el destino de condenación eterna. El que cree en él vivirá, y él ha dado vida eterna, porque cuando el Espíritu Santo hace consciente a alguien de su rebeldía y de su pecado, también entrega el regalo del arrepentimiento y el don de la fe para poner la confianza en Cristo, y ese destino de muerte eterna se cambia por vida eterna. Esa es la esperanza y la promesa: creer en Jesús, porque no solo vence la muerte física y terrenal, sino que por su obra hay vida eterna celestial. No hay que temer a la muerte, porque él ha prometido vida eterna a todo aquel que cree en él y pone su confianza en él para salvación. Si alguien no ha creído en Jesús, si piensa que es solo un hombre, un maestro, un filósofo, o que hay un ser superior o una fuerza, pero no que Jesús es Dios, vale la pena ver lo que este texto presenta: que este hombre tiene autoridad sobre la naturaleza, sobre los demonios, sobre toda enfermedad y sobre la muerte, y por eso conviene reconocer la propia rebeldía delante de Dios, arrepentirse y creer en Jesús, quien ofrece salvación y vida eterna. ¿Quién es este hombre? Esa pregunta la hicieron los discípulos, y cada uno tiene que responderla, y responderla todos los días: ¿realmente creo en este hombre?, ¿realmente he puesto mi confianza en el Hijo del Dios Altísimo, en el que tiene autoridad sobre todas las cosas? Que se ponga esa confianza día tras día: cree en Jesús y sigue creyendo en él. Oremos. Padre, que tu Espíritu Santo afiance nuestra fe en tu Hijo Jesucristo. Guárdanos de reducir a Cristo a una sección o ámbito de nuestra vida, para que todo nuestro corazón, toda nuestra mente y todo nuestro ser ponga su confianza en él todo el tiempo. A pesar de la necesidad, a pesar del sufrimiento, a pesar de vivir en este mundo caído, levanta nuestra mirada a Cristo. Te lo pedimos en el nombre de tu Hijo Jesús. Amén. </details>