Estén en paz con los demás, cuidando su actitud hacia ellos y revisando su actitud hacia ustedes mismos.
Es fácil pensar que los problemas están principalmente afuera: en las circunstancias, en otras personas o en la forma en que otros hacen las cosas. La película Interstellar imagina un grupo de astronautas que viaja a otro planeta con la esperanza de empezar de nuevo. Pero uno de ellos reconoce un problema que ningún viaje puede resolver: las personas llevan consigo su propia imperfección.
En Marcos 9:38-50, Jesús muestra que el conflicto con los demás no se explica solamente por lo que otros hacen. También revela algo que necesita ser corregido dentro de nosotros: orgullo, superioridad, pecado y falta de amor. El pasaje termina con una instrucción clara: Tengan sal en ustedes y estén en paz los unos con los otros. (Marcos 9:50, NBLA).
Estas palabras continúan la enseñanza de Jesús sobre la grandeza en el reino. Después de que los discípulos discutieron quién era el mayor, Jesús los llama a abandonar toda competencia orgullosa. La paz que él manda no es superficial ni consiste en evitar conversaciones difíciles. Nace de una mirada humilde hacia otros y de una lucha seria contra el pecado propio.
Estar en paz con los demás cuidando nuestra actitud hacia ellosMarcos 9:38-42
Juan se acerca a Jesús con una noticia que espera sea aprobada: habían visto a alguien expulsando demonios en el nombre de Jesús y trataron de impedírselo porque no formaba parte de su grupo. Su criterio era sencillo: “no nos seguía”. No había sido validado por ellos ni participaba en su círculo cercano.
La escena es irónica. Poco antes, los discípulos no pudieron expulsar un demonio de un muchacho (Marcos 9:14-29). Fracasaron en aquello que este hombre sí estaba haciendo. Sin embargo, en vez de alegrarse por la obra de Cristo, Juan quiere detenerla. La preocupación no parece ser la gloria de Jesús, sino la posición de los discípulos.
Jesús responde: No se lo impidan… porque el que no está contra nosotros, por nosotros está. (Marcos 9:39-40, NBLA). No está hablando de relativismo ni quitando importancia a la sana doctrina. A lo largo del Evangelio, Jesús advierte sobre la incredulidad, los falsos maestros y la oposición real. Pero ese no es el caso aquí. Este hombre actúa en el nombre de Jesús, depende de él y no está en contra de su misión.
Los discípulos necesitaban reconocer que no tenían el monopolio del servicio a Cristo. Esa misma advertencia sigue siendo necesaria. Es correcto tener convicciones bíblicas firmes. La iglesia necesita discernir la verdad, rechazar el error y obedecer lo que Dios ha revelado. Pero las convicciones recibidas por gracia no dan permiso para mirar con desprecio a hermanos que confían genuinamente en Cristo y sirven de una manera distinta.
La superioridad espiritual impide la paz. Puede aparecer en críticas fáciles, en bromas sobre otras iglesias, en comparaciones constantes o en la necesidad de demostrar que la propia comunidad hace todo mejor. A veces se disfraza de celo doctrinal, pero revela un corazón que quiere ocupar un lugar superior. Nadie puede presumir delante de Dios por verdades que ha recibido como regalo.
Jesús también muestra cómo debe verse una actitud distinta. Cualquiera que dé un vaso de agua por causa de Cristo no perderá su recompensa. En un tiempo sin agua corriente, tomar un vaso, buscar el agua y ofrecerla era un acto sencillo, pero no cómodo ni insignificante. Jesús ve el servicio humilde que otros podrían pasar por alto.
Servir a los hermanos no es una estrategia para recibir reconocimiento ni una inversión para asegurar favores futuros. Se sirve porque Cristo sirvió primero. Quien ama al Salvador puede dar de su tiempo, atención, recursos y fuerzas para el bien de quienes pertenecen a él. Esa clase de servicio ayuda a construir paz: no exige ser atendido, sino que se dispone a amar de forma concreta.
La advertencia de Jesús en el versículo 42 hace aún más seria esta responsabilidad. Hacer pecar a uno de los pequeños que creen en él merece un juicio terrible. Los pequeños pueden incluir a niños, pero también a quienes son vulnerables o comienzan en la fe. Una piedra de molino movida por un asno era enorme; ser arrojado al mar con una de ellas atada al cuello sería espantoso. Jesús dice que sería mejor eso que enfrentar las consecuencias de llevar a otro a pecar.
El llamado es a cuidar a los débiles, no a despreciarlos, confundirlos o usar la influencia propia para dañarlos. Las palabras, los ejemplos, el orgullo y los pecados tolerados pueden afectar profundamente a otros. La iglesia debe ser un lugar donde los pequeños son animados a confiar en Cristo y crecer, no un lugar donde tropiezan por la arrogancia de quienes se creen fuertes.
Estar en paz con los demás revisando nuestra actitud hacia nosotros mismosMarcos 9:43-50
Jesús pasa de la responsabilidad hacia otros a la responsabilidad personal. Sus palabras son fuertes: si la mano, el pie o el ojo son ocasión de pecar, hay que cortarlos o sacarlos. No es una instrucción para mutilarse. Jesús usa una hipérbole, una imagen impactante que deja ver la urgencia de su enseñanza.
La mano representa lo que se hace; el pie, hacia dónde se va; el ojo, lo que se mira y se desea. El problema no está finalmente en esas partes del cuerpo, sino en el corazón rebelde que utiliza cada una para pecar. Cortar una mano no elimina la raíz del pecado. Pero la imagen enseña que el discípulo no puede tratar el pecado con ligereza.
El pecado no es solamente cometer acciones incorrectas. Es desconfiar de Dios, rechazar su gobierno y buscar definir por cuenta propia qué es bueno. Por eso las soluciones externas, aunque a veces sean necesarias, no bastan por sí mismas. Se puede controlar una conducta visible mientras el corazón sigue alimentando orgullo, amargura, lujuria, envidia o autosuficiencia.
Sin embargo, la raíz interna no es una excusa para evitar acciones concretas. La gracia no llama a la pasividad. Si una relación, una conversación, una aplicación, una cuenta o un lugar se ha convertido en una ocasión recurrente de pecado, la respuesta puede verse radical para el mundo: alejarse, poner límites, pedir ayuda, cerrar accesos o confesar el pecado a hermanos maduros. No se trata de ganarse el favor de Dios, sino de tomar en serio aquello que destruye.
Jesús explica esa seriedad con el destino eterno. Habla del infierno como el lugar donde el fuego no se apaga y el gusano no muere, tomando la imagen de Isaías 66:24. El juicio de Dios no es un recurso emocional para controlar a las personas. Es una realidad bíblica. El pecado será juzgado: o fue juzgado en la cruz de Cristo para quienes creen en él, o será juzgado eternamente en quienes persisten en rebeldía.
Esta advertencia confronta a quien no ha puesto su fe en Jesús. Antes de intentar mejorar la conducta o vivir en paz con otros, necesita estar en paz con Dios. Cristo vivió la vida perfecta que nadie puede vivir, murió para cargar el castigo de pecadores y resucitó. El llamado sigue siendo arrepentirse y creer en las buenas noticias de salvación.
Para quienes pertenecen a Cristo, la lucha contra el pecado es fruto de una identidad nueva, no el fundamento de ella. No obedecen para ser aceptados, sino porque ya fueron rescatados, perdonados y adoptados. La santificación no es un intento solitario de hacerse mejor. El Espíritu Santo habita en el creyente, la Palabra revela el pecado y la iglesia provee ayuda para pelear juntos.
Por eso el pasaje vuelve a la sal. La sal es buena cuando cumple su propósito. El discípulo que busca la santidad por la gracia de Dios se convierte en una influencia que preserva y sazona: en su hogar, en su comunidad y en la iglesia. La santidad personal no separa orgullosamente de los demás; produce humildad, servicio y una paz real con ellos.
Conclusión
Estén en paz con los demás. Jesús llama a cuidar la actitud hacia otros hermanos y a revisar la actitud hacia uno mismo. La superioridad espiritual crea enemigos innecesarios, desprecia el servicio ajeno y pone tropiezo a los débiles. La humildad, en cambio, reconoce que todo lo recibido viene por gracia y busca servir de forma sacrificial.
También hace falta una lucha seria contra el pecado. No una lucha para comprar el amor de Dios, sino una respuesta agradecida al amor que Cristo mostró en la cruz. Nadie puede vivir perfectamente, pero Jesús sí vivió sin pecado, murió por pecadores y resucitó para darles vida nueva.
Así que sirve a tus hermanos. Cuida a los pequeños en la fe. Rechaza el orgullo que busca sentirse superior. Y, con la ayuda del Espíritu Santo y de la iglesia, toma decisiones concretas para huir del pecado. La paz entre los hijos de Dios crece cuando Cristo es el centro, el servicio reemplaza la competencia y la santidad deja de ser una idea abstracta para convertirse en una lucha diaria sostenida por la gracia.


