Entrar al reino de Dios requiere dejarlo todo.

Muchas voces enseñan que Dios solo acepta a quienes son lo suficientemente buenos, como si el cristianismo fuera una religión de "hacer". Pero la aceptación de Dios es solo por gracia, por medio de la obra de Jesús. El cristianismo no es una religión de "hacer", sino de "hecho está".

Tim Keller, en El Dios pródigo, cuenta de una mujer que decía que la gracia era una idea buena, pero que daba miedo. Si se salvara por sus obras, habría un límite a lo que Dios le podía pedir: sería como un contribuyente con derechos. Pero si era una pecadora salvada por pura gracia, y Dios había asumido todo el costo, entonces no había nada que él no le pudiera pedir. La gracia funciona como una espada de dos filos: quita el miedo, porque Dios ama sin reservas, pero también deja claro que ya no eres dueño de ti mismo, porque fuiste comprado a un alto precio. En el fondo, la salvación por obras resulta atractiva porque convierte a Dios en nuestro deudor.

En , un hombre que lo tenía todo se acerca a Jesús con esa misma lógica. Su historia muestra que entrar al reino de Dios requiere dejarlo todo, y que cuando la salvación es obra de Dios, lo que Jesús pide es en realidad una bendición.

Nadie puede entrar al reino de Dios por sus obras

Justo antes, Jesús había enseñado que solo quienes son como niños entran al reino. Este hombre es el contraste: llega corriendo, se arrodilla y no se acerca como alguien desprotegido y dependiente, sino como alguien que espera confirmar que ha hecho lo suficiente. Lo llama "Maestro bueno", casi como un halago, y Jesús lo frena: ¿por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo Dios. Para este hombre, Jesús es un buen maestro, no el Mesías ni Dios mismo.

Su pregunta revela su corazón: "¿qué haré para heredar la vida eterna?". Tal vez busca seguridad, o tal vez siente un vacío que sus obras no han podido llenar. Eclesiastés dice que Dios puso eternidad en el corazón humano, y las religiones humanas responden a ese anhelo con listas: haz esto, haz aquello.

Jesús le recuerda los últimos seis mandamientos de Éxodo 20, los que tienen que ver con el trato a las personas. El hombre responde que los ha guardado desde su juventud, algo parecido a lo que Pablo diría de sí mismo en Filipenses: irreprensible en cuanto a la justicia de la ley. Entonces Marcos añade una frase que lo cambia todo: Jesús, mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: ve y vende todo lo que tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme». (, NBLA)

Sin esa mirada de amor, la petición sonaría dura. Pero Jesús pide desde el amor, como un buen doctor que va a la raíz del problema o un buen amigo que se atreve a retar. Su petición expone dónde estaba la confianza y la identidad de este hombre. Ser bueno no basta: la vida eterna depende de cómo respondes a Jesús. Si solo es un maestro, sus mandatos se obedecen a regañadientes; si es Dios, sus mandatos están llenos de amor y sabiduría, y son para tu bien.

El hombre había guardado los mandamientos sobre el prójimo, pero no el primero: No tendrás otros dioses delante de Mí. (Éxodo 20:3, NBLA) Se fue afligido, dolido como quien pierde a alguien, porque sus bienes eran el centro de su identidad. Perderlos era perderse a sí mismo. Y Jesús no suavizó la demanda.

Tus obras no tienen poder para salvar

Es fácil vivir como "salvo por gracia, pero perseverando por obras", y así no funciona. Confiar en las obras lleva a uno de dos lugares: al orgullo o a la desesperanza. Cualquier cosa puede ocupar el trono del corazón: la posición social, la familia, el trabajo, los estudios, el placer o la comodidad. Pero el dinero tiene un imán especial. Jesús lo dijo en : nadie puede servir a Dios y a las riquezas. El dinero promete salvar, pero miente.

Basta imaginar una lotería de más de 400 millones de dólares y la pregunta inevitable: ¿qué harías si te la ganas? Los pensamientos que surgen rara vez son santos. El dinero sigue siendo uno de los salvadores más comunes. Keller, en Jesús el Rey, propone algunas señales de que el dinero ya no es solo dinero para ti: no puedes dar cantidades generosas, te da miedo tener menos y envidias a quien le va mejor. Entrar al reino requiere dejar todo aquello en lo que confías para tu sustento, tu identidad y tu descanso, y seguir a Jesús como tu verdadero sustento, identidad y descanso. La ironía es fuerte: el hombre que creía que sus riquezas lo hacían feliz se fue triste precisamente porque tenía mucho.

La salvación solo es posible para Dios

Jesús mira a sus discípulos y les dice qué difícil será para los que tienen riquezas entrar al reino. Ellos se asombran, porque en su tiempo la riqueza se veía como una señal del favor de Dios y la pobreza como castigo, igual que pensaban los amigos de Job. Jesús los llama "hijos", recordando a los que son como niños, y repite que es difícil entrar. Para lograrlo por cuenta propia habría que cumplir toda la ley, no solo por fuera sino con un corazón correcto, y nadie lo ha logrado.

Luego viene la imagen del camello y el ojo de una aguja. Se ha dicho que se trataba de una puerta estrecha por la que un camello pasaba arrodillado, pero esa explicación es una invención para suavizar el texto. Jesús está diciendo que es imposible para quien confía en sus riquezas o en cualquier cosa que no sea Dios.

La reacción de los discípulos es como la de una clase que escucha al maestro decir que el alumno más inteligente reprobó: "¿entonces quién podrá salvarse?". Entrar al reino requiere someterse al gobierno de Dios en cada área de la vida, y eso es imposible para el ser humano. Pero Jesús responde: Con los hombres es imposible, pero no con Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios. (, NBLA)

Pedro le recuerda que ellos lo han dejado todo, como cuando dejaron sus redes en . Jesús promete que nadie que haya dejado casa, hermanos, madre, hijos o tierras por él y por el evangelio dejará de recibir cien veces más ahora, junto con persecuciones, y en el siglo venidero la vida eterna. No es una transacción de "doy una casa y recibo cien". La promesa se cumple en el libro de Hechos: una nueva familia, casas abiertas y un lugar a dónde llegar. En los creyentes tenían todo en común y compartían según la necesidad de cada uno. Esa familia se nota cuando un hermano de otra ciudad, al conocerte, responde sin dudar: "cuando quieran, vengan a casa". Si lo hemos dejado todo, ¿cómo no abrir nuestros hogares? La persecución también llegó, y la iglesia se gozaba en ella. Los primeros lectores de Marcos, perseguidos bajo Nerón, podían leer esta promesa y decir "gloria a Dios". Los últimos serán primeros.

Reconoce que no puedes salvarte

La salvación es del Señor. En cierto sentido, el cristianismo sí es una religión de obras, pero de la obra de Cristo: su vida perfecta de gozosa obediencia, su muerte en lugar nuestro, su resurrección al tercer día y su intercesión constante. Ya no se trata de hacer, sino de lo que él ya hizo.

Esa obra también trae bendiciones para quien sigue a Jesús. La fe no está pensada para vivirse en aislamiento: Dios da una familia. En la comunidad de la iglesia encuentras hermanos, padres, madres e hijos, y vale la pena buscar esa vida en comunión. Y también hay que estar listos para gozarse aun en medio de la persecución.

Mira al que lo dejó todo para que pudieras entrar al reino

Camino a Jerusalén, Jesús va delante y sus discípulos lo siguen perplejos. Por tercera vez anuncia lo que viene: será entregado, condenado, burlado, escupido, azotado y muerto, y al tercer día resucitará.

Jesús amó al hombre rico y le pidió lo más amoroso que podía pedirle: déjalo todo y sígueme. Y no le pidió nada que él mismo no estuviera viviendo. Jesús es el más rico de todos, dueño de la gloria, el amor y la plenitud eterna de la Trinidad. Pablo lo dice así: que siendo rico, sin embargo por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de Su pobreza ustedes llegaran a ser ricos. (, NBLA) En , Pablo añade que no se aferró a ser igual a Dios, sino que se despojó, tomó forma de siervo y fue obediente hasta la muerte de cruz. Justo lo contrario del hombre que se aferró a sus bienes.

Porque la salvación es imposible para el ser humano, Dios la hizo posible enviando a su Hijo, que lo dejó todo. Cuando la demanda de Jesús parezca demasiado radical, mira a Jesús, el más pobre de todos, que recibió la ira que merecías para que pudieras soltar aquello a lo que te aferras y que te da identidad. Al ver que él dejó su gran todo, puedes responder con gozosa obediencia dejando tu pequeño todo.

Imagina una vida en la que lo único que tienes es a Jesús. ¿Es suficiente? ¿Crees que quien tiene a Jesús y nada más lo tiene todo, o piensas que se necesita algo más además de Jesús?

Conclusión

Entrar al reino de Dios requiere dejarlo todo, pero no como una obra para ganarlo. Se entra confiando en aquel que lo dejó todo, y se responde dejándolo todo para tenerlo solo a él. Pide al Espíritu Santo que te muestre aquello a lo que te aferras y en lo que pones tu identidad, que te lleve al arrepentimiento y a confiar en Cristo. Solo él salva, y quien deja su pequeño todo lo recibe a él, el gran todo.

Pasajes relacionados

Éxodo 20:1-17 · Eclesiastés 3:11 · · · · · ·

Citas bíblicas: Nueva Biblia de las Américas (NBLA).